31 diciembre 2010

“Me basta así…”


Me bastan mis recuerdos, y las palabras que atesoro. Me bastan mis canciones y mis letras y la poesía. El techo de mi casa y mi familia –mi bendita familia- con sus excentricidades y su amor “mucho y sin horario”.

Me basta el mucho tiempo trascurrido hasta que me encontraste, y cambiaste mi vida, me basta saber que todo está en manos del mismo Dios que cambia corazones, que hace que el sol se mueva todos los días y el que “cuando pasa por encima de nosotros quedan las nubes pedazos de su aliento”.

Me bastan mis amigos que a pesar de la distancia, el cariño persiste. Me basta mi trabajo y sus compromisos, y las muchas bendiciones recibidas este año y los otros siempre muchas, más de las que merezco. Me basta el amor con el que sueño, con el hombre que aún no he conocido pero sé que existe y que también sueña conmigo.

Me basta así, así como está, así como estoy, si sí es cierto, el futuro asusta, el miedo paraliza, la maldad desconcierta, la muerte aterra. Pero hay esperanza mientras exista amor, actos de amabilidad, sonrisas y abrazos.

Me basta el Dios que me encontró finalmente este año, el que me hizo cantar, bailar y tocar guitarra para él, el que ha cuidado de todos los peligros a mi familia, el que hizo de mis abuelos los mejores del mundo, el que hace de mis padres las personas que más amo, el que hizo de mi hermana mi adoración, de mis primos mi debilidad, de mis tías y tíos la ternura y complicidad, el que me regala el mar, el sol, el agua, los cantos para niños, la planeación didáctica, las calabacitas, y el sentido de vida, de pertenencia.

Sí hubo y sí hay “destino para mis pasos”, junto a mi Dios que liberó al pueblo de Israel, el que rescató a los mineros de Chile y el que sonríe con cada acto de cortesía, en él está la felicidad, paz y el amor que quise experimentar siempre.

Me basta así. Me bastas tú.

26 noviembre 2010

Carta para mi primer amor…


Escribo después de extrañarte durante cuatro años, escribo porque secretamente espero que –finalmente- pueda olvidarte. Escribo como ejercicio para exorcizar la memoria y los sueños que aún tengo junto a ti. ¿Cómo te puedo querer si apenas te conocía? ¿Cómo es que sigo extrañándote, comparando contigo los aspirantes, cómo es que ninguno es como tú?

Tu nombre, tu casa, tus palabras duelen todavía. A veces - de súbito- quiero abrazarte, volver a verte, “llegar a ti”. Te abracé, te escribí, dije tu nombre despacito y no regresaste. No puedo hablar sin que lo que aprendí a tu lado salga a colación, te admiro aún en la distancia y a pesar de tu silencio.

Atesoro tus frases y lo que has hecho sin mí, -mientras yo te extrañaba tu viajaste, estudiaste, escribiste-, y tu nombre, tu bendito nombre siempre estuvo conmigo. Las calles que camino sin ti, los lugares a los que me gustaría que me acompañaras, las cosas que leo y que canto, cuanto me gustaría que estuvieras aquí, conmigo.

Pero resulta que probablemente el primer amor acaba así –o tal vez nunca empieza-. Nadie que no haya querido absurdamente podría entender el nudo en la garganta, las ganas de llorar, de gritar tu nombre. ¿Cuánto te quiero? No sé si pueda medirse pero intentaré contarlo, te quiero tanto como tus brazos me abrigaban, te quiero tanto como el color de tus ojos reflejados por el sol, como cuando decías cosas que la mayoría no entendía, tanto como tu caminar vagabundo y tu pose intelectual, y los versos y la sonrisa. Y cuando nos sacamos la foto, y cuando tomaste mi cabello y cuando me dijiste sol.

Cuéntame cómo le hiciste, cómo no fui yo tu “primer amor”, cómo no quedaste prendado de mí, cómo se te olvidaron nuestras pláticas, cómo no te gusto el olor de mi cabello, mi sentido excéntrico de la estética, mi poesía, mi voz.

Absurdo es extrañar, querer, después de tanto tiempo, absurdo y estúpido, pero eso me pasa, sucede que te extraño, sucede que en algún momento del día pienso en ti, que veo tu casa y me acuerdo, que leo y te recuerdo, que visito el restaurant y vuelvo a pensar en ti.

Escribí hace un tiempo –pidiendo al buen Dios su intercesión- ,que tú volvieras o que termine de olvidarte.

“Esta es la última vez que yo te quiero, en serio te lo digo”

02 diciembre 2009


Anoche soñé con mi abuela. No era su cara- no al menos como la recuerdo- pero era ella a quien yo llamaba abue. No se bien cuántos años se cumplen este mes, pero sí se que se ha hecho una eternidad sin verla, ni abrazarla, sin sentir su presencia cariñosa. A veces se me viene de súbito su ausencia y es cuando me pregunto cabizbaja ¿cómo sobrevivimos sin ella? ¿cómo no nos morimos de tristeza al ver que ya no respiraba? ¿cómo hemos aguantado tantos días y años sin besarla? A mí me duele su ausencia cuando la nombro, cuando visito su tumba e imagino su sonrisa. Me invade un sentimiento de orfandad cuando me acuerdo cómo era su voz que casi se me olvida.
Entonces me enojo con Dios, le digo que se equivocó con ella, que no debió llevársela tan pronto, me enojo con la suerte y la medicina, con la vida y el universo que no escuchó estos deseos desbordados de que ella viviera para siempre. Sin embargo, aún queda el recuerdo de su abrazo y las fotos, su sonrisa y su cabello que peinaba religiosamente – a veces todavía recuerdo claramente cómo salía de bañarse con el peine enredado en la cabeza y su rostro dulce-, el olor de su crema y sus manos. El café que preparaba con leche en polvo, queda su molcajete, su imagen lavando platos o bendiciendo desde la puerta. Y los toques de campana que la hacían poner pies en polvorina. Queda su fe inamovible, su ropa y el techo de su casa. Queda su ternura infinita y la esperanza de volverla a ver algún día.

16 octubre 2009

"... Intoxicados de Filosofía"



Y de nostalgia. De los ojos de borrego y de las palabras que no escribo.
Intoxicada de miedo, de hastío -a veces-, del olor a café y de lo que sentí cuando me abrazaron llamándome sol. Intoxicada de obsesiones, de deseos pueriles y de sueños poco probables.

Intoxicada de Dios cuando miro el mar y de ternura infinita cuando noto con que poco son felices los niños. Intoxicada de recuerdos y de libros, de rostros y ausencias.

Intoxicada de mí, de mi tendencia inherente a la inadaptación, al exilio, a la nostalgia.

07 agosto 2009

Retrato de Adriana a los Veinticuatro años



Como leona decidida a dar muerte a la presa en turno, defiende con razón o sin ella su derecho innato a expresar su ser y hacer en este mundo.

Rebelde, sensible y necia de la cabeza a los pies quien la conoce queda encantado con su sencillez y valor. Contradictoria y audaz es mezcla de hippie y mujer contemporánea que sigue las tendencias de la mercadotecnia en turno.

Considera necesaria la adopción de creencias espirituales que le den sentido a la trayectoria histórica de cada persona, y expone apasionadamente sus sueños sin temor a no poder hacerlos realidad algún día. Hace planes como quien cuenta cuentos, confía en que su buena suerte alcanza para entrar al antro sin reservación, exige que se lleve al pie de la letra lo que ya escribió Sabines “… éste es el tiempo de vivir, el único” y compra chucherías sin ningún rastro de culpabilidad por la pobreza con que otros viven en este mundo.

Viste de varios colores pero prefiere el negro sobre las muchas opciones, ve tutoriales de maquillaje y me regaña cuando quiero que se ponga en mi lugar sin haberme puesto primero en el suyo.

Yo creo en Dios porque ella existe. Llegó a nuestra familia después de un parto complicado en el que casi pierdo a mi hermana y a mi madre al mismo tiempo. Pero la fortuna estuvo de nuestro lado. Su sola presencia en la casa hace de cada día un festín sin previa planeación. Su sonrisa aleja las penas cotidianas de un trío de neuróticos que se resisten a las “costumbres” “derechos” “rebeldías” propias de esta edad –mi edad- en la que cualquier joven quiere bailar, escuchar música, salir de noche sin a ver visto las noticias o el pronóstico del tiempo con antelación.

Ella nos enseña a pesar de su testarudo carácter, que todos lidiamos con nuestros propios demonios y que si no es la familia la que te apoya entonces sí no hay mayor esperanza en el vasto mundo. Que Dios bendiga a mi hermana quién guarda en su corazón inconmensurable amor para repartir entre propios y a veces entre extraños.


02 julio 2009

"PoCo Se SaBe"


Dice Juan Gelman "Yo no sabía que no tenerte podía ser dulce como nombrarte para que vengas...".

Después de emborracharme con ellas un par de días me llegó de golpe la certeza de que no debe uno andar nombrando a alguien que quiere estar contigo.
Que quiere estar contigo, por que cuando uno quiere no hay miedos, prejucios, frases a media tinta, se quiere o no. Se quiere más el mar o la montaña, el pan o el helado, los días con sol o con lluvia.

Se quiere y se odia como dijo Sabines. Y entonces adquiere otro sentido la "dulzura" de la ausencia. Entonces sí es dulce nombrar, recordar, esperar.

Pero esperar lo que la realidad nos ofrece. Ya no hay más expectativas exageradas sobre futuros relucientes. Lo que queda es lo que basta.

22 abril 2009

Confesiones 2


Lo de Santiago fue casualidad. Justo cuando pensaba en la pertinencia de no enamorarme, aparece de repente sin más testigo que el viento, sin más arma que la voz.

Recuerdo perfecto aquella tarde, me detuve a descansar en medio del parque, miraba hacia un punto específico cuando se sentó a mi lado preguntando -¿qué diablos miras con tanto ahínco?-, absorta en mis pensamientos contesté -todo y nada- y riendo respondió -interesante, me quedo aquí contigo-.

No supe en que momento se metió en mi corazón, ni cuando se convirtió en el hombre que siempre soñé. Probablemente sea por su sonrisa franca, por sus ojos de sol o tal vez sólo sea ese tremendo corazón. Fue un hombre diferente desde el principio, me atrapó en sus redes sutilmente, supo combatir mi egoísmo con su bondad inagotable, mis miedos y renuencias con su valentía y terquedad, mi simbolismo con sus palabras concretas.

Si pudiera definir lo que compartimos, diría que la certeza de no esperar nada. Sí, no se espera nada que se sepa que el otro no pueda dar.

Así que espero de Santiago: la complicidad de los mejores amigos, la compañía bondadosa de aquel que te ama sin condiciones, la libertad de aceptar las excentricidades del otro, pero sobre todo la esperanza perenne de encontrar en sus ojos la naturaleza de nuestro amor.