02 diciembre 2009


Anoche soñé con mi abuela. No era su cara- no al menos como la recuerdo- pero era ella a quien yo llamaba abue. No se bien cuántos años se cumplen este mes, pero sí se que se ha hecho una eternidad sin verla, ni abrazarla, sin sentir su presencia cariñosa. A veces se me viene de súbito su ausencia y es cuando me pregunto cabizbaja ¿cómo sobrevivimos sin ella? ¿cómo no nos morimos de tristeza al ver que ya no respiraba? ¿cómo hemos aguantado tantos días y años sin besarla? A mí me duele su ausencia cuando la nombro, cuando visito su tumba e imagino su sonrisa. Me invade un sentimiento de orfandad cuando me acuerdo cómo era su voz que casi se me olvida.
Entonces me enojo con Dios, le digo que se equivocó con ella, que no debió llevársela tan pronto, me enojo con la suerte y la medicina, con la vida y el universo que no escuchó estos deseos desbordados de que ella viviera para siempre. Sin embargo, aún queda el recuerdo de su abrazo y las fotos, su sonrisa y su cabello que peinaba religiosamente – a veces todavía recuerdo claramente cómo salía de bañarse con el peine enredado en la cabeza y su rostro dulce-, el olor de su crema y sus manos. El café que preparaba con leche en polvo, queda su molcajete, su imagen lavando platos o bendiciendo desde la puerta. Y los toques de campana que la hacían poner pies en polvorina. Queda su fe inamovible, su ropa y el techo de su casa. Queda su ternura infinita y la esperanza de volverla a ver algún día.

16 octubre 2009

"... Intoxicados de Filosofía"



Y de nostalgia. De los ojos de borrego y de las palabras que no escribo.
Intoxicada de miedo, de hastío -a veces-, del olor a café y de lo que sentí cuando me abrazaron llamándome sol. Intoxicada de obsesiones, de deseos pueriles y de sueños poco probables.

Intoxicada de Dios cuando miro el mar y de ternura infinita cuando noto con que poco son felices los niños. Intoxicada de recuerdos y de libros, de rostros y ausencias.

Intoxicada de mí, de mi tendencia inherente a la inadaptación, al exilio, a la nostalgia.

07 agosto 2009

Retrato de Adriana a los Veinticuatro años



Como leona decidida a dar muerte a la presa en turno, defiende con razón o sin ella su derecho innato a expresar su ser y hacer en este mundo.

Rebelde, sensible y necia de la cabeza a los pies quien la conoce queda encantado con su sencillez y valor. Contradictoria y audaz es mezcla de hippie y mujer contemporánea que sigue las tendencias de la mercadotecnia en turno.

Considera necesaria la adopción de creencias espirituales que le den sentido a la trayectoria histórica de cada persona, y expone apasionadamente sus sueños sin temor a no poder hacerlos realidad algún día. Hace planes como quien cuenta cuentos, confía en que su buena suerte alcanza para entrar al antro sin reservación, exige que se lleve al pie de la letra lo que ya escribió Sabines “… éste es el tiempo de vivir, el único” y compra chucherías sin ningún rastro de culpabilidad por la pobreza con que otros viven en este mundo.

Viste de varios colores pero prefiere el negro sobre las muchas opciones, ve tutoriales de maquillaje y me regaña cuando quiero que se ponga en mi lugar sin haberme puesto primero en el suyo.

Yo creo en Dios porque ella existe. Llegó a nuestra familia después de un parto complicado en el que casi pierdo a mi hermana y a mi madre al mismo tiempo. Pero la fortuna estuvo de nuestro lado. Su sola presencia en la casa hace de cada día un festín sin previa planeación. Su sonrisa aleja las penas cotidianas de un trío de neuróticos que se resisten a las “costumbres” “derechos” “rebeldías” propias de esta edad –mi edad- en la que cualquier joven quiere bailar, escuchar música, salir de noche sin a ver visto las noticias o el pronóstico del tiempo con antelación.

Ella nos enseña a pesar de su testarudo carácter, que todos lidiamos con nuestros propios demonios y que si no es la familia la que te apoya entonces sí no hay mayor esperanza en el vasto mundo. Que Dios bendiga a mi hermana quién guarda en su corazón inconmensurable amor para repartir entre propios y a veces entre extraños.


02 julio 2009

"PoCo Se SaBe"


Dice Juan Gelman "Yo no sabía que no tenerte podía ser dulce como nombrarte para que vengas...".

Después de emborracharme con ellas un par de días me llegó de golpe la certeza de que no debe uno andar nombrando a alguien que quiere estar contigo.
Que quiere estar contigo, por que cuando uno quiere no hay miedos, prejucios, frases a media tinta, se quiere o no. Se quiere más el mar o la montaña, el pan o el helado, los días con sol o con lluvia.

Se quiere y se odia como dijo Sabines. Y entonces adquiere otro sentido la "dulzura" de la ausencia. Entonces sí es dulce nombrar, recordar, esperar.

Pero esperar lo que la realidad nos ofrece. Ya no hay más expectativas exageradas sobre futuros relucientes. Lo que queda es lo que basta.

22 abril 2009

Confesiones 2


Lo de Santiago fue casualidad. Justo cuando pensaba en la pertinencia de no enamorarme, aparece de repente sin más testigo que el viento, sin más arma que la voz.

Recuerdo perfecto aquella tarde, me detuve a descansar en medio del parque, miraba hacia un punto específico cuando se sentó a mi lado preguntando -¿qué diablos miras con tanto ahínco?-, absorta en mis pensamientos contesté -todo y nada- y riendo respondió -interesante, me quedo aquí contigo-.

No supe en que momento se metió en mi corazón, ni cuando se convirtió en el hombre que siempre soñé. Probablemente sea por su sonrisa franca, por sus ojos de sol o tal vez sólo sea ese tremendo corazón. Fue un hombre diferente desde el principio, me atrapó en sus redes sutilmente, supo combatir mi egoísmo con su bondad inagotable, mis miedos y renuencias con su valentía y terquedad, mi simbolismo con sus palabras concretas.

Si pudiera definir lo que compartimos, diría que la certeza de no esperar nada. Sí, no se espera nada que se sepa que el otro no pueda dar.

Así que espero de Santiago: la complicidad de los mejores amigos, la compañía bondadosa de aquel que te ama sin condiciones, la libertad de aceptar las excentricidades del otro, pero sobre todo la esperanza perenne de encontrar en sus ojos la naturaleza de nuestro amor.

07 febrero 2009

Confesiones...

Se espera menos de un hombre. Resulta increíblemente más problemático lidiar con los roles establecidos desde quien sabe cuando para la mujer. Es necesario tener conciencia de que la vida cuesta más cuando tienes un par de ovarios. Pinche condición femenina, mira que aguantar las batallas hormonales esta grueso.

Pero celebramos convertirnos en pequeñas adultas. Celebramos dejar el estado de

Semi-inconciencia feliz para enfrentarnos con la mejor de las sonrisas a las expectativas de los demás. Intentamos –por cualquier medio- convertirnos en esas mujeres que los demás ven en nosotras. Pobre…. Queriendo sin querer. Siendo sin ser. Seria más feliz siendo aire o pez.

Lo trágico del asunto es darte cuenta que estas metida en la historia y en estándares de comportamiento establecido. Cuando te rebelas al sistema resulta que eres una amargada que no tiene porque estarse preguntando pendejadas.

Resumiendo: tu vida seria más fácil siendo hombre. Aunque debemos aceptarlo, seria más limitada. El punto es que el feminismo se equivocó. Que Nietzsche puede que tenga razón con el Mito del Eterno Retorno y que aunque la mujer crea que su enemigo es el machismo resulta que es ella misma. Dios debe reírse de nosotros, nos hizo demasiado libres y nos dio conciencia.

Pero aquí estamos y aquí estoy queriendo regresar el tiempo y ser una chamaca mensa, sin conciencia de ningún problema, sin temores porque mamá y papá están cerca. Sin deseos de ser otra porque no tengo más conocimiento. Creyendo ciegamente en Dios porque no he visto guerras ni maldad. Soñando más y esperando todo porque creo fielmente en la esperanza y bondad.

Siendo feliz de ser niña porque no he conocido a mis hormonas.