02 diciembre 2009


Anoche soñé con mi abuela. No era su cara- no al menos como la recuerdo- pero era ella a quien yo llamaba abue. No se bien cuántos años se cumplen este mes, pero sí se que se ha hecho una eternidad sin verla, ni abrazarla, sin sentir su presencia cariñosa. A veces se me viene de súbito su ausencia y es cuando me pregunto cabizbaja ¿cómo sobrevivimos sin ella? ¿cómo no nos morimos de tristeza al ver que ya no respiraba? ¿cómo hemos aguantado tantos días y años sin besarla? A mí me duele su ausencia cuando la nombro, cuando visito su tumba e imagino su sonrisa. Me invade un sentimiento de orfandad cuando me acuerdo cómo era su voz que casi se me olvida.
Entonces me enojo con Dios, le digo que se equivocó con ella, que no debió llevársela tan pronto, me enojo con la suerte y la medicina, con la vida y el universo que no escuchó estos deseos desbordados de que ella viviera para siempre. Sin embargo, aún queda el recuerdo de su abrazo y las fotos, su sonrisa y su cabello que peinaba religiosamente – a veces todavía recuerdo claramente cómo salía de bañarse con el peine enredado en la cabeza y su rostro dulce-, el olor de su crema y sus manos. El café que preparaba con leche en polvo, queda su molcajete, su imagen lavando platos o bendiciendo desde la puerta. Y los toques de campana que la hacían poner pies en polvorina. Queda su fe inamovible, su ropa y el techo de su casa. Queda su ternura infinita y la esperanza de volverla a ver algún día.